¿Por qué aprender árabe?

En las últimas décadas, el interés por el mundo árabe ha aumentado de forma importante en Occidente y más allá. Este interés se ha debido, en parte, a algunos factores que pueden resumirse rápidamente en los relacionados con la política y la economía que han condicionado la vida de la gente a nivel mundial. La cuestión palestina, la guerra con Israel y, en particular, aquella del Golfo en la que se han visto involucrados muchos países occidentales. Este interés, de muchas personas- el especial, de los jóvenes- ha estimulado su curiosidad de saber más incluso desde el punto de vista cultural.

Es relevante la referencia del premio Nobel en el 1988 del egipcio Najib Mahfuz, reconociendo que la literatura árabe no sólo se limita a las “Mil y una Noches” y que el imaginario colectivo de los occidentales del árabe en el desierto con sus camellos es un estereotipo que ya queda obsoleto y muy lejos de la realidad actual.

También en el campo editorial se ha visto una respuesta de gran difusión de obras relativas a la historia, política, sociología, religión, cultura árabe y, sobre todo, literatura. A partir del 1988 estos temas han pasado del ámbito puramente académico al público general, difundiéndose entre todo tipo de lector.

Una gran parte de este público, preferentemente los jóvenes, han sentido la necesidad de abordar estas lecturas con las fuentes originales para después tomar conciencia sobre el mundo árabe yendo a tomar contacto con los ciudadanos de estos países en su propia lengua. El mundo occidental ha visto florecer los centros de estudio, tanto a nivel universitario como no universitario, de lengua y cultura árabes.

Muchos de estos jóvenes (y no tan jóvenes), arabistas de vocación, se inscriben en la universidad con el afán de poder usar esta lengua con eficacia, como han hecho con otras lenguas europeas aprendidas anteriormente. Pronto se dan cuenta de que hay muchos obstáculos que impiden alcanzar este objetivo. El primero de todos se debe al programa académico de la universidad, en la cual deben estudiar una segunda lengua y una serie de asignaturas de escasa utilidad, impidiendo que el estudiante pueda adquirir un buen conocimiento de la lengua árabe, tanto en teoría como en práctica.

Y desde el punto de vista de la gramática, a menudo la preparación resulta de buen nivel pero con una gran carencia en el léxico y en la aplicación práctica de la lengua.

Esto, por lo tanto, se evidencia en su primera experiencia de viaje en el mundo árabe donde no pueden alcanzar a comunicarse más allá de un “gracias” y unos “buenos días”.

De aquí la exigencia de estos estudiantes de buscar vías complementarias para superar esta frustrante carencia. La primera solución que se les ofrece es continuar con sus estudios en uno de los países árabes. Y aquí es cuando la elección resulta complicada – ante la cantidad de países árabes- al tener que elegir un país entre Irak y Marruecos. Entre el Mashreq y el Maghreb. Pero a menudo esta elección viene facilitada, ya sea por parte de los colegas más experimentados que han llevado a cabo cursos en las ciudades más variadas desde Damasco a Rabat, o de la propia preferencia del estudiante hacia un país en particular, preferencia inducida de alguna lectura, experiencia o curiosidad.

Es de subrayar que esta elección es crítica también bajo el aspecto lingüístico, porque el arabista se encontrará con el deber de adquirir el conocimiento de la lengua hablada, diferente del “fushá” (el árabe moderno estandar = MSA) que ha sido aprendido en la universidad del propio país. En Damasco se enfrentará al dialecto de damasco, al Cairo con el cairota (no muy diferente del de Damasco). En Túnez, Argelia o Rabat con otros dialectos mucho más diferentes de los anteriores.

De todas formas, sobre la elección del país árabe no se pueden ofrecer consejos porque esta elección depende de motivos- a menudo casuales- del estudiante.